Holodomor es el nombre ucraniano para la gran hambruna de 1933, en plena época de la colectivización forzosa de la agricultura por Stalin, que, según los últimos datos consultados en archivos soviéticos, habría producido entre 3 y 3,5 millones de víctimas aunque hay quienes duplican o triplican estas cifras. El embargo de cereales decretado por Stalin fue la principal causa de la catástrofe, que el año pasado el Congreso de los Diputados recordó en una proposición no de ley, impulsada por CiU, referente a “la hambruna genocida de Ucrania”. La proposición salió adelante aunque con algunas modificaciones en el texto final que recordaban las brutalidades de Hitler y Stalin y su desprecio por la vida humana. Una década después la brutalidad nazi sacudiría a Ucrania, pero las atrocidades estalinianas se habían producido mucho antes. Es una lástima que la corrección política imperante no suela condenar a Stalin en solitario y lo asocie con Hitler o con el calificativo genérico de los totalitarismos. Pero la batalla por el reconocimiento de la hambruna como genocidio o holocausto continúa muchos años después, porque no hay que negar que es otro de los temas que separan a Ucrania de Rusia. Hay otros asuntos más actuales, pero hay memorias históricas persistentes: las reflejadas por las fotografías de la multitud ucraniana recibiendo en 1941 a los soldados alemanes como liberadores y las cifras estimadas en 5 millones de soldados del ejército rojo que se rindieron a los invasores. No es difícil deducir que en esas personas estuviera muy cercano el recuerdo de la reciente hambruna. Otra cosa es la estupidez y estrechez de miras de la propaganda nazi que odiaba todo lo eslavo. Si habían tratado tan mal a los polacos, no dejarían de hacer lo mismo con los ucranianos. Mas las citadas imágenes y referencias de la década de 1940 equivalen la negación de la “gran guerra patriótica”, que Moscú siempre ha glorificado.
Sin embargo, hace setenta y cinco años un joven periodista galés, Garet Jones, elevado hoy a la categoría de héroe de Ucrania, fue uno de los pocos informadores que quiso contar al mundo la verdad de lo que estaba pasando. En cambio, otros como el corresponsal en Moscú del New York Times, Walter Duranty, negaron explícitamente la hambruna de Ucrania y tacharon de mentiroso a Jones. Duranty tenía detrás de sí el prestigio del Pulitzer y unas crónicas favorables al régimen estalinista en las que decía que el comunismo no era el estalinismo, que el Ejército Rojo no era ninguna amenaza para la paz o que Stalin solucionaría los problemas de las minorías. Compartía esa ceguera voluntaria de tantos intelectuales y políticos por la que se debe perdonar todo a los forjadores del “progreso”. Cualquier coste en vidas humanas es bueno si el resultado es un mañana mejor en una sociedad perfecta que ha llegado a la culminación de la historia. Siempre habrá “profesionales del eufemismo”, en expresión de Gareth Jones, dispuestos a callar ante lo injustificable. Duranty admitía que “los rusos estaban hambrientos, pero no se morían de hambre”. Por el contrario, Jones le replicaba en su propio periódico aduciendo su experiencia de haber alojado en aldeas, no sólo de Ucrania sino de las proximidades de Moscú, dónde conocería de primera mano los testimonios de los campesinos. La frase que más repitió en algunos de sus artículos era la que escuchó en su viaje: “No hay pan. Tenemos hambre”. Finalmente, las autoridades soviéticas acusaron al periodista de espionaje y le prohibieron la entrada en la URSS.
La clarividencia de Garet Jones, muerto prematuramente en China tras haber sido secuestrado por unos bandidos en 1935, supo comprender que el afán megalómano de Stalin por industrializar el país se había llevado por delante lo mejor de él: sus campesinos. “El plan quinquenal ha matado el suministro de pan” tituló el periodista su crónica para el London Evening Standard en 1933. La finalizaba afirmando con todo sentido común que “es el pan lo que hace que las ruedas de las fábricas den vueltas”.
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